El ser humano está definido como el ser viviente más avanzado e inteligente alguna vez creado, y ésta definición no puede estar más acertada; nuestro nivel de razonamiento va más allá de cualquier otro en el reino animal. Además, nuestra capacidad de reflexión y trascendencia es increíblemente compleja y misteriosa, y a la vez fascinante debido a la simplicidad con la que la desarrollamos diariamente y lo difícil que es explicar su origen y desarrollo. Dentro de este segundo punto, podemos agregar la “búsqueda de la verdad “en donde conducidos por nuestra naturaleza curiosa y a la vez racional, intentamos explicar nuestro origen y el origen de todo lo que nos rodea despreciándonos ante fuerzas superiores.
Establecidos los puntos en el párrafo 1, podemos concluir que el ser humano es un ser complejo tanto en el plano físico como en el plano mental y/o espiritual, pero existe otro punto a señalar que es el valor de la vida. A pesar de todas las creencias y teorías que existen acerca del origen del hombre, hay algo en lo que todas ellas están de acuerdo: existe algún tipo de energía que le permite al ser vivo en cuestión “estar vivo”. Actualmente con el desarrollo de la genética, se han podido crear células sintéticas completamente equivalentes a células naturales, con la diferencia de que no se ha logrado que “vivan”; por lo tanto, la ciencia reconoce la existencia de esa “energía extraña”, que la religión conoce como el regalo de la vida de Dios.
Otro dato interesante es el hecho de la existencia de las personalidades, el carácter y la esencia de cada persona. No importa si crees que éstas son productos de patrones de nuestro cerebro causadas por hormonas o por genes heredados de nuestros antecesores o productos de la representación en este plano de una energía o esencia llamada “alma”; lo cierto es que sin importar el origen, nuestra forma de “ser” se expresa en este plano, en este universo físico mediante el cuerpo humano. Solo por esta razón, es posible la interacción con las demás personas y con el ambiente en general.
Son precisamente la existencia de estos fenómenos y las interacciones a nuestra alcance y que forman parte de nuestro día a día los que le dan un sentido a la vida y un valor a nuestra existencia; es la manifestación de nuestra alma, nuestra esencia, mediante el uso de nuestro cuerpo o nuestro montón de “células” que si recibieron el milagro de la vida.
Establecidos los puntos en el párrafo 1, podemos concluir que el ser humano es un ser complejo tanto en el plano físico como en el plano mental y/o espiritual, pero existe otro punto a señalar que es el valor de la vida. A pesar de todas las creencias y teorías que existen acerca del origen del hombre, hay algo en lo que todas ellas están de acuerdo: existe algún tipo de energía que le permite al ser vivo en cuestión “estar vivo”. Actualmente con el desarrollo de la genética, se han podido crear células sintéticas completamente equivalentes a células naturales, con la diferencia de que no se ha logrado que “vivan”; por lo tanto, la ciencia reconoce la existencia de esa “energía extraña”, que la religión conoce como el regalo de la vida de Dios.
Otro dato interesante es el hecho de la existencia de las personalidades, el carácter y la esencia de cada persona. No importa si crees que éstas son productos de patrones de nuestro cerebro causadas por hormonas o por genes heredados de nuestros antecesores o productos de la representación en este plano de una energía o esencia llamada “alma”; lo cierto es que sin importar el origen, nuestra forma de “ser” se expresa en este plano, en este universo físico mediante el cuerpo humano. Solo por esta razón, es posible la interacción con las demás personas y con el ambiente en general.
Son precisamente la existencia de estos fenómenos y las interacciones a nuestra alcance y que forman parte de nuestro día a día los que le dan un sentido a la vida y un valor a nuestra existencia; es la manifestación de nuestra alma, nuestra esencia, mediante el uso de nuestro cuerpo o nuestro montón de “células” que si recibieron el milagro de la vida.
Alejandro Hernandez
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